Alrededores del Museo del Prado: 5 motivos para conocer la zona

Hacer una visita turística a Madrid sin visitar el Museo del Prado es perderse probablemente su mayor joya artística. Pero también hay muchas razones para acudir a los alrededores y al lugar de ubicación de esta pinacoteca sin necesariamente entrar. Echando cuentas, a mí me salen cinco motivos.

  • Conocer una de las pocas construcciones góticas de Madrid: la iglesia de los Jerónimos. Se trata del mejor ejemplo de este estilo artístico, con permiso de las puertas de la fachada de la Casa de los Lujanes, de la que en otro artículo hablaremos, y de la Puerta del Hospital de la Latina que hoy se encuentra en la Escuela Superior de Arquitectura de Ciudad Universitaria. Y con permiso, claro, de los historiadores del arte, pues esta iglesia quedó muy deteriorada durante la invasión napoleónica a comienzos del s. XIX y tuvo que ser reconstruida en parte, como las torres de su lado este y su interior. En cualquier caso, nos sirve para apreciar cómo incluso este estilo, muy raro en la ciudad de Madrid, no renuncia a ciertas características de la arquitectura local, como el uso de materiales tan humildes como el ladrillo y la mampostería. Entre sus curiosidades está haber sido el lugar de casamiento de los príncipes de Asturias hasta la consagración de la catedral de la Almudena. El último en casarse allí fue Alfonso, a la postre Alfonso XIII, el 31 de mayo de 1906, día aciago por el terrible atentado en la calle Mayor durante el trayecto de la pareja hacia el Palacio Real.
  • Visitar el Jardín Botánico. Por 3 euros se puede descubrir uno de los lugares fundamentales del Salón del Prado, proyecto innovador e ilustrado que Carlos III promovió en esta zona de Madrid. Se puede descubrir libremente o a través de visitas guiadas, que te mostrarán lo mejor de este vergel, perfecto para adentrarse en el mundo de la Botánica.
  • De entre el resto de edificios de los alrededores del Museo del Prado, a mí personalmente me gusta mucho la sede de la Real Academia Española. No ya por su construcción de gusto neoclásico inaugurada en 1894, sino por lo que representa para todos aquellos que aman (amamos) la palabra y la lengua española. Escritores como Camilo José Cela, Antonio Buero Vallejo o Miguel Delibes dieron prestigio a sus sillones en el pasado, así como Mario Vargas-Llosa lo hace en la actualidad desde la L mayúscula. La única pega, en mi opinión, es la poca presencia de mujeres en esos sillones académicos.
  • Por supuesto, un buen motivo para terminar una ruta turística en el Museo del Prado de Madrid sin entrar en él es, precisamente, admirar su edificio, tanto el antiguo como el nuevo. El antiguo es una muestra de ese neoclásico de estilo madrileño que promovió Juan de Villanueva, uno de los arquitectos más importantes de la villa. No falta el juego rojo-gris del ladrillo y el granito, ni la elegancia de las galerías de columnas, en especial en la fachada de Velázquez, la principal y más original. Cabe destacar como curiosidad que el Prado no se construyó con la idea de ser una pinacoteca, sino un gabinete de Ciencias Naturales, en ese empeño de Carlos III por crear un gran complejo científico de investigación y divulgación, del que también formaba parte el Jardín Botánico o el Observatorio Astronómico, situado en una colina del Retiro muy próxima. Fue gracias a Fernando VII, o más bien al empeño de su segunda esposa, la reina María Isabel de Braganza, que este edificio se destinara a la exposición de la gran colección de pintura y escultura que atesoraba la Familia Real española. Su construcción se comenzó a gestar a finales del s. XVIII pero no se inauguró hasta 1819, pues el proyecto también se vio perjudicado por los inconvenientes que la invasión del ejército napoleónico trajo para toda esta zona de Madrid.
  • En cuanto al edificio nuevo, su diseño se lo debemos a Rafael Moneo, en líneas rectas y sencillas que recuerdan precisamente a la ampliación de la estación de Atocha, desarrollada por él no muy lejos de aquí. Se trata de un cubo muy marcado porque su misión es ‘abrazar’ al claustro renacentista de su interior, que en su momento formaba parte de la iglesia de los Jerónimos. Lo más llamativo, probablemente, el ‘Portón-Pasaje’ de Cristina Iglesias, unas monumentales puertas de bronce configuradas como un tapiz vegetal y que tiene un sistema hidráulico que mueve la posición de la estructura cada dos horas, mostrando un aspecto nuevo cada ocasión.

photo credit: washuugenius via photopin cc

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