El madrileño más universal es… ¡el Ratoncito Pérez! Y aquí está su casa

Todos hemos sido niños alguna vez, y a todos se nos han caído los dientes de leche. Y por la noche, tras dejar la pieza bajo la almohada, siempre llegaba un personaje mágico que nos lo cambiaba por una moneda o por un regalo. ¿Quién realiza tan simpático trabajo en tu ciudad o país? ¿The Tooth Fairy? ¿Il Topino? En España y en la mayoría de los países de Latinoamérica tenemos al Ratoncito Pérez, que de hecho es madrileño. Muchas de mis rutas turísticas por Madrid pasan precisamente por la puerta de su casa. Aquí te la presento.

Se encuentra en el número 8 de la calle Arenal, una de las calles peatonales que salen de la Puerta del Sol. Los detalles de su casa y su vida los conocemos gracias al escritor Luis Coloma, que publicó su historia en el libro El Ratón Pérez hacia 1894, aunque anteriormente ya le había mencionado Benito Pérez Galdós en su novela La de Bringas. En cualquier caso, cuenta Coloma que justo en este número se encontraba la Pastelería Prast, de gran prestigio en aquella época. De hecho, su dueño Carlos Prast era proveedor oficial del Palacio Real, muy cercano a este lugar y que por entonces aún era el lugar de residencia de los reyes. Además, Carlos era tan popular en la ciudad que llegó a ser alcalde de Madrid durante un tiempo.

Carlos hacía la vista gorda con los Pérez y, como sabía que el Ratoncito tenía poderes mágicos, permitía que este y sus familiares vivieran en el sótano de la pastelería, dentro de una caja de galletas de la marca Huntley&Palmers. De noche, nuestro ratón se hacía sus rutas por Madrid y por España, no precisamente turísticas, sino para cumplir estos encargos especiales: por las tuberías subterráneas llegaba a todas las casas y cambiaba el diente que el niño dejaba bajo la almohada por una moneda o por un regalo. Una de sus casas favoritas era por supuesto el Palacio Real, donde visitaba al Rey Buby, nombre con el que la reina Maria Cristina llamaba cariñosamente a su hijo, el Príncipe Alfonso.

El Ratoncito Pérez en Madrid: un encargo real

La fábula del Ratoncito Pérez la escribió Luis Coloma precisamente por encargo real, pues este jesuita también era consejero oficial de la Corona: la entonces Reina Regente María Cristina, al ver que su joven hijo Alfonso estaba pasando un mal trago para que se le cayera el primer diente, le pidió a Coloma que escribiera un pequeño cuento para poder tranquilizarle. Los protagonistas de este relato son, por supuesto, el Ratón Pérez y el rey Buby. Al final, la historia trascendió más allá de los muros del Palacio Real y se ha quedado como una entrañable tradición familiar.

raton perez

En el libro del padre Coloma se realiza una profusa descripción del Ratoncito Pérez, en el que se dice que tenía “sombrero de paja, lentes doradas y cartera de cuero rojo terciada”, donde guardaba los dientes y los regalos. En la primera planta de la galería comercial que ocupa actualmente el número 8 de la calle Arenal hay una pequeña casa museo donde se exponen numerosos cuadros del personaje y de sus ‘parientes’ internacionales, así como una maqueta de la casa donde vivía Pérez y su familia. Además, dentro de una vitrina, se muestra el supuesto diente que se le extrajo al rey Buby. En la web del museo podrás consultar los horarios y el precio (la entrada incluye una visita guiada).

Por supuesto, en la visita no podremos ver al ‘verdadero’ Ratoncito Pérez, pues siempre duerme durante el día para estar descansado durante la noche, que es cuando lleva a cabo su titánico trabajo. ¡Pero seguro que adultos y niños disfrutaréis de una curiosa experiencia en pleno centro de Madrid!

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Alrededores del Museo del Prado: 5 motivos para conocer la zona

Hacer una visita turística a Madrid sin visitar el Museo del Prado es perderse probablemente su mayor joya artística. Pero también hay muchas razones para acudir a los alrededores y al lugar de ubicación de esta pinacoteca sin necesariamente entrar. Echando cuentas, a mí me salen cinco motivos.

  • Conocer una de las pocas construcciones góticas de Madrid: la iglesia de los Jerónimos. Se trata del mejor ejemplo de este estilo artístico, con permiso de las puertas de la fachada de la Casa de los Lujanes, de la que en otro artículo hablaremos, y de la Puerta del Hospital de la Latina que hoy se encuentra en la Escuela Superior de Arquitectura de Ciudad Universitaria. Y con permiso, claro, de los historiadores del arte, pues esta iglesia quedó muy deteriorada durante la invasión napoleónica a comienzos del s. XIX y tuvo que ser reconstruida en parte, como las torres de su lado este y su interior. En cualquier caso, nos sirve para apreciar cómo incluso este estilo, muy raro en la ciudad de Madrid, no renuncia a ciertas características de la arquitectura local, como el uso de materiales tan humildes como el ladrillo y la mampostería. Entre sus curiosidades está haber sido el lugar de casamiento de los príncipes de Asturias hasta la consagración de la catedral de la Almudena. El último en casarse allí fue Alfonso, a la postre Alfonso XIII, el 31 de mayo de 1906, día aciago por el terrible atentado en la calle Mayor durante el trayecto de la pareja hacia el Palacio Real.
  • Visitar el Jardín Botánico. Por 3 euros se puede descubrir uno de los lugares fundamentales del Salón del Prado, proyecto innovador e ilustrado que Carlos III promovió en esta zona de Madrid. Se puede descubrir libremente o a través de visitas guiadas, que te mostrarán lo mejor de este vergel, perfecto para adentrarse en el mundo de la Botánica.
  • De entre el resto de edificios de los alrededores del Museo del Prado, a mí personalmente me gusta mucho la sede de la Real Academia Española. No ya por su construcción de gusto neoclásico inaugurada en 1894, sino por lo que representa para todos aquellos que aman (amamos) la palabra y la lengua española. Escritores como Camilo José Cela, Antonio Buero Vallejo o Miguel Delibes dieron prestigio a sus sillones en el pasado, así como Mario Vargas-Llosa lo hace en la actualidad desde la L mayúscula. La única pega, en mi opinión, es la poca presencia de mujeres en esos sillones académicos.
  • Por supuesto, un buen motivo para terminar una ruta turística en el Museo del Prado de Madrid sin entrar en él es, precisamente, admirar su edificio, tanto el antiguo como el nuevo. El antiguo es una muestra de ese neoclásico de estilo madrileño que promovió Juan de Villanueva, uno de los arquitectos más importantes de la villa. No falta el juego rojo-gris del ladrillo y el granito, ni la elegancia de las galerías de columnas, en especial en la fachada de Velázquez, la principal y más original. Cabe destacar como curiosidad que el Prado no se construyó con la idea de ser una pinacoteca, sino un gabinete de Ciencias Naturales, en ese empeño de Carlos III por crear un gran complejo científico de investigación y divulgación, del que también formaba parte el Jardín Botánico o el Observatorio Astronómico, situado en una colina del Retiro muy próxima. Fue gracias a Fernando VII, o más bien al empeño de su segunda esposa, la reina María Isabel de Braganza, que este edificio se destinara a la exposición de la gran colección de pintura y escultura que atesoraba la Familia Real española. Su construcción se comenzó a gestar a finales del s. XVIII pero no se inauguró hasta 1819, pues el proyecto también se vio perjudicado por los inconvenientes que la invasión del ejército napoleónico trajo para toda esta zona de Madrid.
  • En cuanto al edificio nuevo, su diseño se lo debemos a Rafael Moneo, en líneas rectas y sencillas que recuerdan precisamente a la ampliación de la estación de Atocha, desarrollada por él no muy lejos de aquí. Se trata de un cubo muy marcado porque su misión es ‘abrazar’ al claustro renacentista de su interior, que en su momento formaba parte de la iglesia de los Jerónimos. Lo más llamativo, probablemente, el ‘Portón-Pasaje’ de Cristina Iglesias, unas monumentales puertas de bronce configuradas como un tapiz vegetal y que tiene un sistema hidráulico que mueve la posición de la estructura cada dos horas, mostrando un aspecto nuevo cada ocasión.

photo credit: washuugenius via photopin cc

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Por un museo de videojuegos en Madrid

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De paso por la estación de Metro de Retiro me he encontrado con una exposición pequeña pero sorprendente: Retroconsolas. En una pequeña sala a pie de andén se muestran las consolas más míticas, desde la primera generación hasta la última, incluyendo ordenadores que hacen saltar las lágrimas a informáticos y no informáticos, como Amstrad y Spectrum. También hay puestos para echarse una partidita, como el Mario Bros en una Super Nintendo.

Lo organiza Asupiva, una asociación de Alicante sin ánimo de lucro que lucha por darle una vuelta de tuerca a los videojuegos y mostrar sus lados cultural y educativo, que también los tienen.

Ahora que el Príncipe de Asturias de la Comunicación ha ido para Miyamoto, el gran creativo japonés de Nintendo, y parece que el mundo de los videojuegos se está empezando a ver desde un punto de vista más positivo, ¿por qué no crear un museo o una sala de exposiciones que muestre la corta pero intensa historia de los videojuegos?

Sin tirar la casa por la ventana pero dando a conocer los avances que nos han traído hasta las consolas de hoy y mostrando, por qué no, su lado etnográfico, pues estos aparatitos fueron muy importantes en la infancia de varias generaciones. Otras ciudades europeas ya lo tienen, en Madrid creo que tendría éxito.

Por cierto, esta exposición es itinerante y solo está hasta mañana, 26 de noviembre, aunque volverá ampliada en marzo para la feria RetroMadrid.

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